28.9.12

Inercias, exigencias. Del pasado, del futuro.

En otras catacumbas, he definido irónicamente al editor y, más concretamente, al editor universitario. Hoy se me ocurre que un editor universitario es un tipo que comienza su jornada hablando de Karl Popper, la intermedia explicando a un evaluador la diferencia que, a su juicio, existe entre una edición académica y un ensayo, y la remata ideando el diseño para la cubierta de un libro sobre el cribado metabólico. Claro, cuando llega a comer a su casa, el tipo está desfondado mentalmente y su familia comprueba, con dolorosa certeza no exenta de coraje, que ha olvidado comprar las pechugas en el mercadona, con lo que puede establecerse una inferencia inevitable, aunque en principio pudiera parecer que en extremo circunstancial, entre unos huevos fritos a prisa y de mala leche y la calidad de la edición universitaria. Otra definición: un editor universitario es un tipo del que los usuarios sólo se acuerdan si las cosas van mal, quiero decir, a la hora de repartir las ostias, si me permiten el venablo. Así, cuando toca tomar decisiones difíciles (y, con la que está cayendo, tan ingrata actividad es casi una rutina diaria), la cabeza del editor universitario aparece en la picota del royo público, para escarnio de su crueldad e incomprensión. En mi universidad -la compostelana de Fonsecas, vítores de San Jerónimo y tunos afónicos por la húmedad y el vino ruín- hemos decidido migrar la veintena de revistas que editamos (algunas germinadas en la posguerra) a una plataforma digital bajo Open Journal System. La versión beta puede consultarse aquí, aunque su alojamiento y bautizo oficial es inminente. El proyecto es técnicamente muy complejo, pero, por lo mismo, cautivador y altamente estimulante. En cualquier caso, no está exento de reluctancias, resistencias e incomprensiones. Mi argumento de oro es que, a) sólo se equivoca quien acomete los proyectos y hace cosas; y b) se hace camino al andar (gracias, don Antonio). Hace unos días, una buena amiga y colega me invitó a trasladar mi pobre prédica a cierto evento subtropical. Le interesaba, me dijo, que yo, para compartirla con los asistentes y así incitar un enriquecedor debate, contase mi experiencia sobre este proyecto de migración digital de revistas, algunas tan venerables. Debía, además, para incluirlo en el programa tentativo del simposio, proporcionarle un adelanto de título de mi intervención. Se me ocurrió de inmediato: Inercias del pasado, exigencias del futuro. El proyecto digital de revistas de la USC. Hace unos meses, un diario nacional definía, de modo expresivamente exacto, la difícil coyuntura actual del libro: La tormenta perfecta. Acceso abierto, embate digital, crisis de presupuestos, caída de las ventas, reducción ad absurdum de una producción en masa para un público indigente en materia lectora... Eso: inercias del pasado, exigencias del futuro. O, en términos técnicos: de éxito en éxito hasta el batacazo final.

25.9.12

Algo que só certos obxectos conseguen

Referíame hai tempo á envoltura mnemónica dos libros impresos, unha estrutura e características físicas que os fan únicos, obxectos que unimos á nosa propia e intransferible experiencia. Os meus amigos de mocidade -en homenaxe ás miñas intensas relacións sentimentais en Alemaña- regaláronme a finais do oitenta unha xoia, Germania. Dous mil anos de historia alemá, Montaner e Simón Editores, Barcelona, 1882. Os gravados que contén son simplemente soberbios. Este, belísimo, transmite a deliciosa sensibilidade do artesán e o casticismo tipográfico coaligados indisolublemente ao soporte: a súa antigüidade, o seu arrecedendo, o seu tacto, o seu... duende.

10.9.12

Un lector opina sobre a obra do autor

Direino de xeito contundente, sen miramentos e que pense cada quen o que queira: Vaidade? Solipsismo? Arelas de autopromoción? Para min, máis ben, trátase do gusto por facer público o diálogo entre un autor e un lector. O que segue é a crítica de lectura do meu poemario Álbum de días, recentemente editado, dun amigo, tan culto e sensible como, de certo, benevolente:
He leído de un tirón tu  neonato poemario. Bien es cierto que para emitir un juicio bien fundado -sobre todo tratándose de lírica- se precisan varias lecturas demoradas. No es esa, por supuesto, mi intención, sino transmitirte, junto con mi gratitud por el regalo y la hermosa dedicatoria, mi humilde opinión a vuelapluma. Aprecio más soltura y oficio que en anteriores poemarios. Has limado, quizás, un poco un cierto exceso de trascendencia que lastraba alguno de tus anteriores poemas. Atiendes más a lo cotidiano, y te secas con frecuencia el sudor del artesano de la palabra, que escoges, mimas y acaricias. Trasciende, es inevitable, tu buen conocimiento del léxico y de la literatura: son patentes algunas alusiones a la Biblia, a los clásicos, a la mitología a los  poetas del renacimiento (Garcilaso sobre todo) y se respira a veces el  aroma antañón y delicado del ¿ubi sunt? Me pareció percibir también el aroma de Rilke (La escritura del dios) y del bueno de Machado. Utilizas brillantemente los recurso y licencias literarias logrando versos refulgentes. Veo que cuidas el ritmo interno del poema; yo aprecio muy especialmente esta valiosísima cualidad literaria que permite al lector deslizarse con plácida y suave musicalidad por cada uno de los renglones del poema. Y desconfío (y no lo leo) del poeta que quiebra a cada paso la cadencia del poema creyéndose así más rompedor, original y nuevo [...]  El libro es muy bueno. Exige, eso sí, lectura atenta y no poco acervo de cultura, sobre todo para descifrar pasajes tan hermosos como herméticos: negando la evidencia de ser al despertarme/el élitro de un Samsa nuevo y aún más triste. O del otro lado estaban/Caronte y su moneda. Vale. 

O contrato que o autor de poesía establece coa súa obra é ben diferente do que impón calquera outra modalidade da creación textual. A reinterpretación -e consecuente reescritura- do texto poético pode devir un proceso ad infinitum. Tras anos de puír, corrixir, retomar, borrar e reformar palabras pensadas e escritas nalgún caso hai moito tempo e baixo estados anímicos moi variados,  a opinión do meu crtítico amigo pareceume simplemente emocionante.

7.9.12

A pureza do ADN

Este texto paréceme soberbio, fermoso, emocionante:
Los libros en papel son un lugar privilegiado de la memoria, un lugar de memoria que permite crear en el imaginario del lector un espacio de representación, un teatro interior; que permi
te desarrollar el pensamiento del lector como un pensamiento teatral, como un espacio mental en el que se representa lo que el autor ha escrito y que se representa a sí mismo a través de lo que el autor ha escrito. Y eso es así porque los libros poseen unos límites físicos dentro de los cuales la memoria queda fijada: poseen una camisola mnemónica que les dota de estabilidad diacrónica, que delimita su principio y su final; poseen un final o un desenlace que, como un vector que atraviesa el libro, estructura su contenido y lo dota de sentido, como una columna vertebral; poseen una personalidad tipográfica, una personalidad estructural única [Patrick Bazin, Bruno Latour «Le livre face à l'écran, un objet irremplaçable?» (2007); tomado de aquí]. 
FOTO: o meu smartphone-LIBRO; a miña tablet-LIBRO, o meu ereader-LIBRO e mais un... LIBRO (Emily Brontë: Cumbres borrascosas, Barcelona: Destino, 1943), herdo dunha miña tía xa falecida.

5.9.12

Unha de politica exprés


A este vello crocodilo, que chora por tantas cousas, non lle gusta facelo por política. Non; este crocodilo, comprobando que, como dicía Daniel, a política será fea pero moitos tolean por ela, prefire chorar por outras moitas cousas da vida, porque, aínda que pareza incrible cada vez que un abre un xornal ou liga a caixa tonta para ver o parte, hai outro mundo para alén da política e do tsunami diario de analistas, opinadores, expertos, politólogos, comentaristas, eséxetas e interpretadores de toda laia. Porque se, en efecto, todos temos a sensación de que a xestión da cousa pública se profesionalizou ata extremos deplorables, non é menor, cando menos para min, a convición de que se precisa dunha especialización case erudita para esmiuzar as claves dun exercicio que, en tanto que alicerce do funcionamento social, resulta de feito moito máis simple, pois a xente non é parva. Na miña calidade, por tanto, de mero cidadán que apela (privilexios da independencia) ao seu dereito a interpretar o que lle pete, dentro do escrupoloso respecto ás persoas e dende a súa deleitosa áurea medianía, vou ensaiar unha visión exprés da situación política do país. 
Un elemento que me parece sublime é que, dende as máis variadas instancias, se apele á fin do goberno de Feijoo como condición sine qua non para solucionar todos os males do país, cando hai menos de catro anos Feijoo apareceu, con contundente obviedade, como a sorpresiva ―máis ca sorprendente― alternativa a un goberno bipartito de infame recordación, ao que unha enormidade de votantes nunca lle perdonará que, tendo por vez primeira a chave histórica dunha alternativa real ao goberno da dereita, se esforzase en facer bos os peores tópicos sobre a política nepotista, clientelar e chiringuiteira. Menos de tres anos despois, planea sobre un atónito electorado a sombra dunha nova edición daquela bochornosa entente, con algúns extras que, como o dobre de mozzarella na masa, fai unha pizza irrepetible: un candidato perfectamente coñecido na súa casa á hora de xantar e tan encantado coa perspectiva de subir á gestatoria de San Caetano que se fuma todo principio democrático na súa elección (¿?) e os residuos dunha coalición contra natura que resistiu como puido os embates intestinos da secesión ata que o atroz veredito das urnas esixiu cabezas e responsabilidades. No entanto, supoño que o espírito do inefable don Manuel seguirá, como a pantasma do Louvre, deambulando polos pasillos e salas de San Caetano, susurrando nos oídos de don Alberto que tire proveito mentres poida, pois, como en Dinamarca, tamén na verde terra de Breogán algo cheira a podre. 

3.9.12

El espíritu del alpinista



Pronto hará treinta años que me dedico profesionalmente a la edición universitaria en la que es mi alma mater, la universidad compostelana, de cuyo Servicio de Publicaciones soy hoy director y al que llegué, como el botones Sacarino, de modesto becario. Un par de pinceladas cronológicas para dar perspectiva: comencé mis estudios universitarios, de filología, en 1977, el año de las primeras elecciones generales tras la muerte de Franco. Los terminé en 1982, el año de la primera victoria electoral socialista. Llevo, por tanto, el adn más puro del apasionante período de nuestra historia contemporánea que dimos en llamar la Transición, y, como todos los hombres y mujeres de mi generación, accedí a los primeros atisbos de la revolución tecnológica en ciernes mediando los ochenta del pasado siglo. Puedo, incluso, aportar una coincidencia curiosa: me senté por primera vez ante un ordenador ―un Data General Dasher One, dotado de un procesador 8086 y un monitor de fósforo verde que trituraba la vista― en 1985, el mismo año en que Apple instalaba en su impresora Laser Writer el descriptor de página PostScript,  que interpretaba como una imagen un texto y que, en consecuencia, definía  la filosofía wysiwyg (What you see is what you get): acababa de nacer la autoedición. Cinco años más tarde, un investigador del cern de Ginebra, Tim Berners Lee, formulaba, diseñaba y ejecutaba la tecnología para una intercomunicación fluida de texto, imágenes y objetos multimedia entre todos los ordenadores del planeta: acababa de nacer la World Wide Web. En otro lugar (Juan L. Blanco Valdés: Manual de edición técnica. Del original al libro, Madrid: Pirámide, 2012, pp. 20-22), me he referido con mayor incisión a la conjunción de estos dos hechos ―autoedición e Internet― y sus consecuencias en la evolución posterior de la edición. Me interesa retener ahora solo un pensamiento al respecto: tenía 25 años cuando me senté ante aquel viejo Data General ―al que cariñosamente llamábamos la castaña―; tengo 52 (bueno, solo son cifras que han cambiado de orden…) ahora que tecleo estas líneas en mi portátil inalámbrico de última generación, dispositivo que convive en mi hogar con otros cachivaches como teléfonos móviles y tablets con sistema Android y e-readers. Curiosamente, el monitor de mi portátil ―un bastidor que rodea la superficie escriptoria―  me recuerda a la pizarra con la que, mediando los años 60, comencé mi periplo educativo y en la que escribía con un «puntero» llamado pizarrín.  Esta comparación, además de retrotraerme a años de grato recuerdo escolar, se vuelve hoy un pensamiento alentador: tal vez solo muden las formas y estemos haciendo lo mismo con medios diferentes desde hace siglos, de manera que la migración digital, tras tantos años de tradición tipográfica, sea, a fin de cuentas, ordenada y armónica,  aunque sabido es que, en punto a revoluciones, las que funcionan siempre son cruentas. Allá veremos. De lo que, echando la vista atrás, no tengo dudas es de que han sido años apasionantes y todos los que los hemos vivido, máxime si hemos sido más protagonistas que meros testigos, podemos considerarnos privilegiados. Como se suele decir, «ya tenemos algo que contar a nuestros nietos».

[Fragmento do limiar ao orixinal EL ESPÍRITU DEL ALPINISTA. La edición universitaria revisitada, selección de posts de Fragmentos da Galaxia aparecidos entre 2006 e 2012 e consagrados á edición, que veño de candidatar a un premio. Non digo cal, que dá mala sorte].




31.8.12

Transicións


Alguén contoume hai pouco que, nunha cea de empresa, unha vintena de empregados dunha firma tecnolóxica sentados arredor da mesa estaban absorbidos botoneando cos seus móbiles, talvez mesmo guasapeando co tipo de en fronte, sen que ninguén falase con ninguén (se por falar entendemos transmitir os nosos pensamentos facendo uso do aparello fonador co complemento da linguaxe xestual).  Sei de dúas nenas que conviven baixo o mesmo teito e non falan: comunícanse por tuenti cada unha dende a súa alcoba. Todos experimentamos o pudor de atoparnos realmente con amigos de Facebook e non saber que dicir. Unha tableta é unha cousa negra, lisa e fría como o basalto e non doce, branda e derretible como o chocolate. Quen lembra xa a ilusión de esperar o revelado das fotos tras as vacacións? Aínda sometido á voráxine da vida moderna e afeito a unha efervescencia tecnolóxica permanente, non podo —nin quero— esquecer que, aló polo paleolítico, comecei o meu periplo escolar no Grupo Escolar José Antonio cunha pizarra, un pizarrín, a enciclopedia Álvarez e os cadernos Rubio (mi mamá me ama, yo amo a mi mamá). Esa lembranza axúdame a ponderar con sensatez que hoxe, corenta anos despois, tire unha foto cun smartphone de última xeración e, en tempo real, a instantánea dixital se aloxe na carpeta de cargas de cámara do meu dropbox na «nube», de xeito que podo dispoñer dela dende calquera recuncho do planeta. Unha magnífica novela que lin hai tempo (El rumor sordo de la batalla, de Antonio Scurati) ilustra cómo a transición entre a Idade Media e o Humanismo veu marcada, en non pouca medida, pola paulatina substitución da espada polo arcabuz, da lanza polo mosquete, pois a fin dun xeito de facer a guerra era, paralelamente, a fin dun xeito de vivir a vida. Cando hoxe contemplo os tres mil volumes da biblioteca do avó, herdo dun empeño familiar ininterrupto, sinto a nostalxia dun mundo que marcha, engulido por un tsunami tecnolóxico imparable: podería acubillar no meu eReader o dobre desa cantidade de libros. Pero é unha melancolía, digamos, construtiva. Dende hai anos, convivimos con nativos dixitais que non perden o tempo en romanticismos de gardarroupa e nos sinalan nidiamente o camiño. Xa hai máis de cen anos, cantaba don Hilarión «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad». Porque, malia a vaidade de cada época, nunca hai nada enteiramente novo.

17.8.12

El toro


Un diestro brindando ao respectable unha verónica cunha ikurriña por capote compón unha imaxe digna de ingresar no rico imaxinario do surrealismo patrio, que, dende os caprichos de Goya ao can andaluz de Buñuel, define con bizarro estremecemento moitas das obsesións, medos e tabús desta vella pel de touro. Agora que os excesos nacionalistas destilan escrúpulos insalvables acerca do financiamento dun mastodonte administrativo perfectamente prescindible resulta que, por exemplo, a Rioxa, cunha poboación pouco superior á cidade de Vigo, ten un parlamento autonómico―, a «fiesta nacional» adquire unha dimensión, ao meu modo de ver, moito menos criticable pola crueldade exercida coa nobre e fera res ca polo feito, simplemente intolerable para o pensamento nacionalista, de que as corridas constitúan un elemento paranacional que non respecta as lindes entre Aragón e Cataluña ou Burgos e San Sebastián. Resulta dunha hipocresía dificilmente defendible apelar á crueldade física da lidia nun país onde se ten elevado á norma colectiva de conduta a bestialidade no trato cos animais. No noso paraíso rural, tan caro aos entusiastas, é acostumado que un desafortunado can morra atado á cadea á que o uniron de por vida sendo un cachorro. Non é isto crueldade? Nunca me gustaron os touros pero entendo que todo e cuestión de sensibilidades. Persoalmente, sempre deplorei ter convertido en espectáculo o terror de cabalos e poldros vítimas dunha agresividade máis machista ca viril nos «curros» e rapas do país, dos que tanta xente sente orgullo. Os encerros e carreiras do San Fermín, onde o espanto da res brava que foxe enlouquecida é da mesma intensidade que a chulería insensata do antropomorfo que a excita, testemuñan unha dinámica, atávica e irracional, na que o combate coa besta supura un ritual de sangue gratuitamente derramada. Como as «Hazañas Bélicas» de Boixcar ou as novelas de Lafuente Estefanía, os touros representan para unha colectividade de persoas que os perciben con gusto un elemento de identidade e cohesión e non, malia Bildu, de afastamento. Porque, tal e como a ikurriña convertida en capote ilustra de xeito case onírico, non existe baixo os ceos do mundo nada tan discutible, subxectivo, mestizo, contraditorio e indomable como o propio concepto de «cultura». Algo así como dependurar nun dos «toros» de Osborne que flanquean as estradas do país un pano branco cruzado en diagonal por unha banda azul.

21.7.12

Un clamor


Son un cidadán medio deste país, nin rico nin pobre, nin alto nin baixo, nin máis listo ou preparado ca unha inmensa maioría da xente da miña quinta. Represento a xeración que serviu de ponte entre a ditadura e o sistema democrático, pois comecei os meus estudos universitarios no ano das primeiras eleccións libres, 1977, e os rematei cando a primeira vitoria socialista, 1982;  un espécime co adn puro do que demos en chamar a Transición, anos engaiolantes dos que, como cidadán, como galego e como español, sinto xusto orgullo, pois contribuín, como tantos cidadáns, a construír a realidade contemporánea que chamamos España, un espazo común de convivencia no que, tras séculos de vitriólicas xenreiras, o óleo goiesco dos dous tipos, fundidos na lama ata os xeonllos pero, aínda así, a trancazo limpo, representa pouco mais ca unha imaxe tópica. Mediando a década dos 80 comecei a establecer vínculos laborais, febles e provisorios ao principio, coa mesma alma mater onde me fixen universitario e na que, ao cabo, veño desenvolvendo o meu labor de editor pronto fará vintecinco anos. Véndoa en perspectiva, a miña singradura permíteme dar fe dun sector que coñezo ben, o da edición na universidade pública, cunha evolución en termos de crecemento, profesionalización, rigor e compromiso que non dubido en cualificar de modélica. Sinto que vivo nun país no que, se isto foi posible, foi non só polos esforzos do sector senón pola sintonía dunha sociedade aberta, construtiva e sensible, algo que estou certo pode ser directamente aplicado a moitos outros segmentos da actividade socioeconómica española. Pero opino tamén que, consonte unha sociedade civil que proviña da liga de modestos veu consolidando o seu posto na primeira división, un tumor, arteiro, réptil, foi igualmente espallándose pola súa epiderme, pudrindo órganos e corrompendo humores. Corsarios obsesos do diñeiro, indocumentados ambiciosos, inmorais oportunistas e getas provistos dun discurso con catro tópicos mal fiados son a punta do iceberg. O fondo somerxido é unha clase política incapaz, dende hai moitos anos, de reflectir a calidade dos cidadáns que profesan gobernar, zarrapechada nunha turris eburnea cunha única pretensión: sobrevivir ás proximas eleccións. E mentres, dende o único lado da barreira que eu coñezo —traballar e confiar na utilidade do meu traballo— percibo, con intensidade cada vez máis perigosa, que o atropelo ao que se somete todos os días a miña dignidade é, xa, un clamor. 

12.7.12

O código clandestino


Vou falar do códice. Non porque toque, pois me resulta un asunto carente de todo interese, senón movido por un exercicio de autocorrección sincera. Se Bill Gates afirmou a mediados dos 80 que 640 Kbytes deberan ser abondo para calquera e aí o teñen, asquerosamente millonario, non vou eu temer ingresar na confraría dos pensadores estúpidos. O noso códice é algo moi «de aquí», como os chocolates Raposo, os sampancracios da cerería do Villar ou oír á dependenta dunha tenda da Algalia «ay, neniño, yo esto no te lo trabajo». Non é que o códice sexa ―contra o que a nosa habitual pailanez nos quere facer crer― unha obra impresionante da arte amanuense, pois, a dicir verdade, do punto de vista temático é, na súa maior parte, un auténtico tostón litúrxico e, do punto de vista artístico, está lonxe das verdadeiras xoias miniadas medievais. Home, que é unico, pois si, tan único como calquera outro códice manuscrito anterior á arte mecánica da imprenta. Pero, en fin, é o noso códice e, como a todo herdo do pasado, os anos vano enchendo de nobreza e sublimidade. Pois ben, é o caso que hai agora un ano, co conto do arroubo, este crocodilo chorón atribuía na columna de certo xornal, con lirismo de enamorado, unha paradoxal ledicia ao vello mamotreto, que a mans do gatuno fuxía por fin de séculos de tutela clerical: «El non se sentirá afortunado de vivir, tras centos de anos de mortal aburrimento, novas experiencias, contento de coñecer novos ambientes, de oír algo máis ca o roer da couza e voces diferentes das estatuarias salmodias dos curas, de respirar algo máis ca o arrecendo penetrante do incenso? Os libros deciden o seu destino, vontade contra a que se estrelan todos os intentos humanos de mudalo. Como o anel maldito da Terra Media, acaso o Codex, despois de tantos séculos, quixo desprenderse da crisálida e voar por conta propia. Cando dentro de mil anos, o propietario que entón o posúa conte a súa historia, de certo que o roubo de 2011 ha de ser un episodio interesante». Cando vin no televexo que o vello volumen obraba, envolto en bolsas de mercadona, nun «jaraje» amiense, xustísimo espécime do máis siniestro feísmo do país, arrodeado de plaquetas, po de cemento e vil ferralla, sufrín unha conmoción e a punzada penetrante do pudor: como puiden ser tan inxenuo? Ao día seguinte, un pícaro veciño meu díxome entusiasmado: «¡Juan, ya encontraron el código clandestino!». E é que vexo moitas películas.

5.7.12

Mata, mata!


Nun verán especialmente caloroso que abrasaba as colleitas, a cidade de Roma morría coa fame. O comandante da frota imperial, aportada en Alexandría, preguntou ao césar, por medio dos correos, qué xénero cargaba nas galeras, se gran de pantrigo ou area para o circo. O emperador non o dubidou e a frota transportou toneladas da area da máis fina de Nubia, unha area que disque enchoupaba especialmente ben o sangue, que, de homes e bestas, manaba en abundante efusión durante os xogos. O ser humano leva decenas de miles de anos reiterando comportamentos e actitudes, que, consonte as modas e usos de cada época, remiten sempre á nosa cerna irracional, imperfecta, contraditoria. Xa aprete a fame ou a prima de risco; xa preocupe a invasión dos xermanos ou a petulancia de frau Merkel; xa escandalicen os fastos de Nerón ou as viaxes de Dívar, todo pode zarrapecharse nun saudable stand-by mentres damos renda solta ao instinto primixenio: Mata! mata! bramaba aos gladiadores o populacho do Coloseo. Hoxe, é a caixa tonta a vítima inocente de toda sorte de execracións: «Gilipollas!»,  bérralle enardecido un honrado dentista a Ronaldo; «puto inútil!», un avogado de éxito a Arbeloa canda perde un balón; «fillo dunha cadela!», unha funcionaria do catastro a Buffon cando atrapa o esférico. Imaxino que Séneca, capaz das máis excelsas reflexións sobre a vida, babeaba co gusto vendo como unha leona papaba un cristián igual que, dous mil anos máis tarde, «es don Pancracio Sabino, un señor la mar de fino, pero el domingo en la grada es un tigre de bengala». Berrei emocionado cos meus fillos e amigos cando lle empaquetamos catro goles como catro soles a Italia,  e compartín a ledicia do país, pois, entre outras razóns, os frikis incapaces de facer o que fai a maioría só polo gusto de tocar a paletilla sempre me produciron hipercloridria. Pero nin a irracionalidade basal nin o medo a parecer un vello lobo, solitario e cascarrabias, son quen de reprimir certos escrúpulos: que sexan once tíos arreándolle a unha pelota os directos responsables de ter sublimado (entendo que puntualmente) a vergonza colectiva da nosa propia bandeira é algo que, no fondo, debera ser motivo de reflexión para unha sociedade civil. Por outra banda, sempre estimei como trazo fundamental dos heroes a súa xenerosidade e sublime desprendemento. A heroicidade da roja ten tarifa: 300000 napos por heroe. Esa exemplar nobreza do deporte, que tanto aplaudimos estes días.

4.7.12

Sobre acceso abierto y edicion

[Participación en un congreso: avance de abstract]

Repositorios en acceso abierto: la perspectiva del editor universitario 
Desde la emergencia y estandarización de la Internet, y las consecuentes iniciativas internacionales en materia de acceso abierto al conocimiento (Iniciativa de Budapest, 2002; Declaración de Berlín, 2003), los países del primer mundo han ido adaptando a esta nueva filosofía sus prácticas y acciones en cuanto a la difusión de los resultados de la investigación científica, que se desarrollan, de un modo muy especial, en sus universidades y centros públicos. En el caso concreto de España, el preámbulo de la Ley 14/2011 de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, enfatiza «el compromiso con la difusión universal del conocimiento, mediante el posicionamiento a favor de las políticas de acceso abierto a la información científica», declaración de carácter genérico que se hace eco del desarrollo exponencial que los repositorios de contenidos digitales de las universidades españolas han conocido en los últimos años, hasta el punto de que en algunos ránkings internacionales tres repositorios españoles aparecen entre los 35 primeros del mundo (UAB Dipòsit Digital de Documents; UPC Commons; Digital CSIC). El papel de los editores universitarios, en cuanto productores de contenidos científicos y responsables de transferir buena parte del conocimiento generado en sus universidades, es, por lo tanto, clave en el desarrollo de los repositorios, pues entre sus estrategias está traducir las potencialidades de Internet y al acceso abierto en términos de impacto, visibilización y calidad. Pero la propia naturaleza de la actividad editorial (protección de derechos patrimoniales derivados de la propiedad intelectual y búsqueda legítima de un retorno económico de la inversión en producción) impone limitaciones, o cuando menos ineludibles matices, a la difusión en acceso abierto.

30.6.12

Palabras de gratitude

[Texto completo do discurso de agradecemento á concesión da Insignia de Ouro da Asociación de Fillos e Amigos da Estrada. No Recreo Cultural da Estrada, a noite do 22 de San Xoán de 2012]
Atribúen ao actor británico Richard Burton, que viviu nunca vintena de países, o pensamento de que  un é de onde ten os libros. Eu os libros, centos de eles, herdados en boa parte do avó e en boa parte do meu pai, téñoos agora nunha biblioteca que mira, dende os cómaros de Brión, o fermoso val da Amaía, coa torres do Obradoiro e a Berenguela ao fondo, pechando o cadro. Pero, malia os libros e o fermoso pensamento do grande actor británico, eu son da Estrada, nacín nesta prezada vila, na rúa Serafín Pazo, barrio de Bedelle, e alí remiten as lembranzas douradas da nenez, pois como dixo Søren Kierkegaard somos a nosa infancia. O ultramarinos de Sofía; as correrías e xogos na veciña alameda; as visitas á alcaldía para pedirlle cartos a papá; o cine, que curiosamente sempre se chamou Teatro Principal malia que só había un, e no que irmáns e curmáns entrabamos de gratís, pois o tío Mundo era o xerente; o carro de cabalos que todos os días viamos pasar para o matadoiro; o tíovivo que polas festas se instalaba nun solar a carón da casa dos Carballeda e no que había un caballito chamado Mustang que era o meu preferido; as pelis da infantil ―Maciste, el enmascarado de Plata con aquelas dobraxes mexicanas irrepetibles― e as bolsas de pipas La Pilarica (Qué rica la Pilarica, repita) e Facundo (Y dijo el toro al morir: siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo). A miña nenez, que foi unha nenez de Enciclopedia Álvarez, leite en pó, la canción del Cola-Cao, o grupo Escolar José Antonio e os veráns no campamento Paco Leis que a OJE tiña na praia das Sinas, foi unha nenez feliz, malia que, como dixen nun poema moitos anos despois, ata o universo era escaso naqueles tempos. Emporiso, quen de neno ten afecto teno todo. Coubéronme en sorte un pai e unha nai que, a falta tal vez doutros bens máis prosaicos e materiais, me legaron o mellor dos herdos: a universal e perenne lección da honestidade, da integridade e da coherencia, valores que, por certo, hoxe resulta ben difícil transmitir. Pero, en fin, todo muda ao son dos tempos e de pouco vale acubillármonos en saudades superfluas e improdutivas melancolías que a nada conducen. O mellor aproveitamento que podemos tirar do pasado é a súa proxección no futuro, algo que, ao meu entender, practica moi ben a nosa Asociación de Fillos e Amigos da Estrada, que todos os anos, nestes días limiares do verán e veciños da festa do neno mártir Pelaio, colleita os froitos de ricas sementeiras e as ofrece como homenaxe de futuro a unha vila puxante e pródiga en figuras senlleiras nos eidos máis diversos: a cultura, a ciencia e a investigación, a actividade política e empresarial, o altruismo, o deporte, as artes… Nesta selecta nómina de figuras a quen a Asociación leva galardoadas co seu recoñecemento anual, eu atópome, segundo adoita dicirse, como un polbo nun garaxe, pois sinto sinceramente que a xenerosidade desta distinción está en proporción inversa aos meus pobres e escasos méritos. Se acaso algún teño, ese mérito é o do traballo constante, o da convición e o do entusiasmo, receitas, por certo, ben recomendables para escuros tempos de crise. Pablo Ruiz Picasso dixo nunha entrevista que a el as musas sempre o pillaban traballando. Mutatis mutandis, eu non coñezo outras musas que o esforzo, o compromiso, o afán de superación, o traballo en equipo, o recoñecemento e estímulo aos méritos e capacidades dos demais, e, ao cabo, o empeño en facer as cousas ben sen agardar máis recompensa nin ouropel que a satisfacción do labor ben feito. Se credes que isto é merecente do galardón que hoxe me entregades, douno por ben recibido.
Agradezo á Asociación de Fillos e Amigos da Estrada, e moi especialmente ao seu presidente don Alfonso Varela ―membro esgrevio dunha familia moi querida pola miña―, terme incluído na selecta nómina de fillos predilectos desta miña prezada vila. Ao profesor Manuel Sanmartín, amigo, colaborador en tantas batallas e paisano, o seu padrinado neste acto.
Dúas palabras finais. Disque detrás dun grande home sempre hai unha gran muller. Permitídeme que altere esa sentenza, no fondo bastante machista. No meu caso, si hai unha gran muller, pero non detrás senón ao lado, mesmo moitas veces diante, e o home é máis ben normaliño. A Sonia, a miña dona, a miña compañeira de singradura, a nai dos meus fillos, débolle tanto que supoño que o día menos pensado terá que rescatarme, como aos mercados financeiros. Finalmente, quero expresar o meu desexo de que esta distinción honre por sempre a dúas persoas, a quen lles debo, non moito, senón todo: Carmen Valdés e Mario Blanco. Boas noites e moitas grazas.

20.6.12

Krísis (en grego 'elección')


O chiste, clásico, é do grandísimo Gila: «―Niño, ¿tú cuantos años tienes? Diez. Pues yo a tus años ya tenía once». Cantas máis velas, en efecto, engadimos á tarta, máis imos cedendo á perigosa sedución de «Eu, aos teus anos…», argumento que simboliza unha relación traumática co presente, en virtude da cal o pasado aparécesenos como unha sorte de Arcadia feliz na que reinaba a harmonía e os carballos secretaban docísimo mel. Eu creo, polo demais, que é consubstancial á nosa condición humana crermos que os tempos que nos toca vivir son sempre os da apocalipse final e que nunca o mundo coñeceu tanta falsidade, egoísmo, crueldade, depravación, envexa, frivolidade e  estupidez. No canto de ler tanta tontería envolta niso que chaman novidades, permítome recomendar ao benévolo lector unha novela clásica, Sinuhé o Exipcio, na que o finés Mika Waltari demostra, con mestría de espadista, que non hai nada novo baixo o sol e que ata os extremos máis rigorosos da vesania están xa inventados. Baixo este prisma, intento todos os días relativizar as consecuencias da profunda crise dos nosos días. Vale que cada momento ten as súas condicións peculiares e que de pouco serve alimentarse patoloxicamente do pasado, pero levar ao extremo este criterio sería tanto como negar as proveitosas leccións da nosa propia experiencia. Un exemplo. Cóntanme que un grupo de alumnos universitarios están pechados en certa facultade pois reclaman que a súa biblioteca abra toda a noite. Polo visto, se lles explicou que os custos de mantemento e persoal que esa ampliación de horario supoñería é inasumible na actual situación de carestía de recursos. Penso: a) se non pode ser, non pode ser. Que estuden na casa ou dentro dunha banda horaria razoable, pero b) estes mozos pertencen a unha xeración cunha nula tolerancia ás negativas. De xeito tal, infiro: a) na miña mocidade, reclamacións sociais, políticas e ideolóxicas de moito máis calado (e non a pataleta duns consentidos) se arranxaban en media hora cunha dotación dos  «grises», pero b) ¿non é certo que en todo tempo a mocidade é a idade da rebeldía, e que, mutatis mutandis, é o máis natural que os mozos manifesten a súa inadaptación? Sinto, ao cabo, que só teño dúbidas nesta época de incertezas e agoiros. Chego a intuír en cada rescate financeiro un moderno tratado de Versalles, que rematará por alentar algún mesías de gardarroupía a salvar a patria. Porque se algo sobra na historia son crises e caudillos.