28.9.12
Inercias, exigencias. Del pasado, del futuro.
En otras catacumbas, he definido irónicamente al editor y, más concretamente, al editor universitario. Hoy se me ocurre que un editor universitario es un tipo que comienza su jornada hablando de Karl Popper, la intermedia explicando a un evaluador la diferencia que, a su juicio, existe entre una edición académica y un ensayo, y la remata ideando el diseño para la cubierta de un libro sobre el cribado metabólico. Claro, cuando llega a comer a su casa, el tipo está desfondado mentalmente y su familia comprueba, con dolorosa certeza no exenta de coraje, que ha olvidado comprar las pechugas en el mercadona, con lo que puede establecerse una inferencia inevitable, aunque en principio pudiera parecer que en extremo circunstancial, entre unos huevos fritos a prisa y de mala leche y la calidad de la edición universitaria. Otra definición: un editor universitario es un tipo del que los usuarios sólo se acuerdan si las cosas van mal, quiero decir, a la hora de repartir las ostias, si me permiten el venablo. Así, cuando toca tomar decisiones difíciles (y, con la que está cayendo, tan ingrata actividad es casi una rutina diaria), la cabeza del editor universitario aparece en la picota del royo público, para escarnio de su crueldad e incomprensión. En mi universidad -la compostelana de Fonsecas, vítores de San Jerónimo y tunos afónicos por la húmedad y el vino ruín- hemos decidido migrar la veintena de revistas que editamos (algunas germinadas en la posguerra) a una plataforma digital bajo Open Journal System. La versión beta puede consultarse aquí, aunque su alojamiento y bautizo oficial es inminente. El proyecto es técnicamente muy complejo, pero, por lo mismo, cautivador y altamente estimulante. En cualquier caso, no está exento de reluctancias, resistencias e incomprensiones. Mi argumento de oro es que, a) sólo se equivoca quien acomete los proyectos y hace cosas; y b) se hace camino al andar (gracias, don Antonio). Hace unos días, una buena amiga y colega me invitó a trasladar mi pobre prédica a cierto evento subtropical. Le interesaba, me dijo, que yo, para compartirla con los asistentes y así incitar un enriquecedor debate, contase mi experiencia sobre este proyecto de migración digital de revistas, algunas tan venerables. Debía, además, para incluirlo en el programa tentativo del simposio, proporcionarle un adelanto de título de mi intervención. Se me ocurrió de inmediato: Inercias del pasado, exigencias del futuro. El proyecto digital de revistas de la USC. Hace unos meses, un diario nacional definía, de modo expresivamente exacto, la difícil coyuntura actual del libro: La tormenta perfecta. Acceso abierto, embate digital, crisis de presupuestos, caída de las ventas, reducción ad absurdum de una producción en masa para un público indigente en materia lectora... Eso: inercias del pasado, exigencias del futuro. O, en términos técnicos: de éxito en éxito hasta el batacazo final.
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25.9.12
Algo que só certos obxectos conseguen
Referíame hai tempo á envoltura mnemónica dos libros impresos, unha estrutura e características físicas que os fan únicos, obxectos que unimos á nosa propia e intransferible experiencia. Os meus amigos de mocidade -en homenaxe ás miñas intensas relacións sentimentais en Alemaña- regaláronme a finais do oitenta unha xoia, Germania. Dous mil anos de historia alemá, Montaner e Simón Editores, Barcelona, 1882. Os gravados que contén son simplemente soberbios. Este, belísimo, transmite a deliciosa sensibilidade do artesán e o casticismo tipográfico coaligados indisolublemente ao soporte: a súa antigüidade, o seu arrecedendo, o seu tacto, o seu... duende.
10.9.12
Un lector opina sobre a obra do autor
Direino de xeito contundente, sen miramentos e que pense cada quen o que queira: Vaidade? Solipsismo? Arelas de autopromoción? Para min, máis ben, trátase do gusto por facer público o diálogo entre un autor e un lector. O que segue é a crítica de lectura do meu poemario Álbum de días, recentemente editado, dun amigo, tan culto e sensible como, de certo, benevolente:
He leído de un tirón tu neonato poemario. Bien es cierto que para emitir un juicio bien fundado -sobre todo tratándose de lírica- se precisan varias lecturas demoradas. No es esa, por supuesto, mi intención, sino transmitirte, junto con mi gratitud por el regalo y la hermosa dedicatoria, mi humilde opinión a vuelapluma. Aprecio más soltura y oficio que en anteriores poemarios. Has limado, quizás, un poco un cierto exceso de trascendencia que lastraba alguno de tus anteriores poemas. Atiendes más a lo cotidiano, y te secas con frecuencia el sudor del artesano de la palabra, que escoges, mimas y acaricias. Trasciende, es inevitable, tu buen conocimiento del léxico y de la literatura: son patentes algunas alusiones a la Biblia, a los clásicos, a la mitología a los poetas del renacimiento (Garcilaso sobre todo) y se respira a veces el aroma antañón y delicado del ¿ubi sunt? Me pareció percibir también el aroma de Rilke (La escritura del dios) y del bueno de Machado. Utilizas brillantemente los recurso y licencias literarias logrando versos refulgentes. Veo que cuidas el ritmo interno del poema; yo aprecio muy especialmente esta valiosísima cualidad literaria que permite al lector deslizarse con plácida y suave musicalidad por cada uno de los renglones del poema. Y desconfío (y no lo leo) del poeta que quiebra a cada paso la cadencia del poema creyéndose así más rompedor, original y nuevo [...] El libro es muy bueno. Exige, eso sí, lectura atenta y no poco acervo de cultura, sobre todo para descifrar pasajes tan hermosos como herméticos: negando la evidencia de ser al despertarme/el élitro de un Samsa nuevo y aún más triste. O del otro lado estaban/Caronte y su moneda. Vale.
He leído de un tirón tu neonato poemario. Bien es cierto que para emitir un juicio bien fundado -sobre todo tratándose de lírica- se precisan varias lecturas demoradas. No es esa, por supuesto, mi intención, sino transmitirte, junto con mi gratitud por el regalo y la hermosa dedicatoria, mi humilde opinión a vuelapluma. Aprecio más soltura y oficio que en anteriores poemarios. Has limado, quizás, un poco un cierto exceso de trascendencia que lastraba alguno de tus anteriores poemas. Atiendes más a lo cotidiano, y te secas con frecuencia el sudor del artesano de la palabra, que escoges, mimas y acaricias. Trasciende, es inevitable, tu buen conocimiento del léxico y de la literatura: son patentes algunas alusiones a la Biblia, a los clásicos, a la mitología a los poetas del renacimiento (Garcilaso sobre todo) y se respira a veces el aroma antañón y delicado del ¿ubi sunt? Me pareció percibir también el aroma de Rilke (La escritura del dios) y del bueno de Machado. Utilizas brillantemente los recurso y licencias literarias logrando versos refulgentes. Veo que cuidas el ritmo interno del poema; yo aprecio muy especialmente esta valiosísima cualidad literaria que permite al lector deslizarse con plácida y suave musicalidad por cada uno de los renglones del poema. Y desconfío (y no lo leo) del poeta que quiebra a cada paso la cadencia del poema creyéndose así más rompedor, original y nuevo [...] El libro es muy bueno. Exige, eso sí, lectura atenta y no poco acervo de cultura, sobre todo para descifrar pasajes tan hermosos como herméticos: negando la evidencia de ser al despertarme/el élitro de un Samsa nuevo y aún más triste. O del otro lado estaban/Caronte y su moneda. Vale.
O contrato que o autor de poesía establece coa súa obra é ben diferente do que impón calquera outra modalidade da creación textual. A reinterpretación -e consecuente reescritura- do texto poético pode devir un proceso ad infinitum. Tras anos de puír, corrixir, retomar, borrar e reformar palabras pensadas e escritas nalgún caso hai moito tempo e baixo estados anímicos moi variados, a opinión do meu crtítico amigo pareceume simplemente emocionante.
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7.9.12
A pureza do ADN
Este texto paréceme soberbio, fermoso, emocionante:
Los libros en papel son un lugar privilegiado de la memoria, un lugar de memoria que permite crear en el imaginario del lector un espacio de representación, un teatro interior; que permi
Los libros en papel son un lugar privilegiado de la memoria, un lugar de memoria que permite crear en el imaginario del lector un espacio de representación, un teatro interior; que permi
te
desarrollar el pensamiento del lector como un pensamiento teatral, como
un espacio mental en el que se representa lo que el autor ha escrito y
que se representa a sí mismo a través de lo que el autor ha escrito. Y
eso es así porque los libros poseen unos límites físicos dentro de los
cuales la memoria queda fijada: poseen una camisola mnemónica que les
dota de estabilidad diacrónica, que delimita su principio y su final;
poseen un final o un desenlace que, como un vector que atraviesa el
libro, estructura su contenido y lo dota de sentido, como una columna
vertebral; poseen una personalidad tipográfica, una personalidad
estructural única [Patrick Bazin, Bruno Latour «Le livre face à l'écran,
un objet irremplaçable?» (2007); tomado de aquí].
FOTO: o meu smartphone-LIBRO; a miña tablet-LIBRO, o meu ereader-LIBRO e mais un... LIBRO (Emily Brontë: Cumbres borrascosas,
Barcelona: Destino, 1943), herdo dunha miña tía xa falecida.
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5.9.12
Unha de politica exprés
A este vello crocodilo, que chora
por tantas cousas, non lle gusta facelo por política.
Non; este crocodilo, comprobando que, como dicía Daniel, a política será fea
pero moitos tolean por ela, prefire chorar por outras moitas cousas da vida,
porque, aínda que pareza incrible cada vez que un abre un xornal ou liga a
caixa tonta para ver o parte, hai outro mundo para alén da política e do
tsunami diario de analistas, opinadores, expertos, politólogos, comentaristas,
eséxetas e interpretadores de toda laia. Porque se, en efecto, todos temos a
sensación de que a xestión da cousa pública se profesionalizou ata extremos
deplorables, non é menor, cando menos para min, a convición de que se precisa
dunha especialización case erudita para esmiuzar as claves dun exercicio que,
en tanto que alicerce do funcionamento social, resulta de feito moito máis
simple, pois a xente non é parva. Na miña calidade, por tanto, de mero cidadán
que apela (privilexios da independencia) ao seu dereito a interpretar o que lle
pete, dentro do escrupoloso respecto ás persoas e dende a súa deleitosa áurea
medianía, vou ensaiar unha visión exprés da situación política do país.
Un
elemento que me parece sublime é que, dende as máis variadas instancias, se
apele á fin do goberno de Feijoo como condición sine qua non para solucionar todos os males do país, cando hai
menos de catro anos Feijoo apareceu, con contundente obviedade, como a sorpresiva
―máis ca sorprendente― alternativa a un goberno bipartito de infame recordación,
ao que unha enormidade de votantes nunca lle perdonará que, tendo por vez
primeira a chave histórica dunha alternativa real ao goberno da dereita, se
esforzase en facer bos os peores tópicos sobre a política nepotista, clientelar
e chiringuiteira. Menos de tres anos despois, planea sobre un atónito
electorado a sombra dunha nova edición daquela bochornosa entente, con algúns
extras que, como o dobre de mozzarella na masa, fai unha pizza irrepetible: un
candidato perfectamente coñecido na súa casa á hora de xantar e tan encantado
coa perspectiva de subir á gestatoria de San Caetano que se fuma todo principio
democrático na súa elección (¿?) e os residuos dunha coalición contra natura que
resistiu como puido os embates intestinos da secesión ata que o atroz veredito
das urnas esixiu cabezas e responsabilidades. No entanto, supoño que o espírito
do inefable don Manuel seguirá, como a pantasma do Louvre, deambulando polos
pasillos e salas de San Caetano, susurrando nos oídos de don Alberto que tire proveito
mentres poida, pois, como en Dinamarca, tamén na verde terra de Breogán algo cheira
a podre.
3.9.12
El espíritu del alpinista
Pronto hará
treinta años que me dedico profesionalmente a la edición universitaria en la
que es mi alma mater, la universidad
compostelana, de cuyo Servicio de Publicaciones soy hoy director y al que
llegué, como el botones Sacarino, de modesto becario. Un par de pinceladas
cronológicas para dar perspectiva: comencé mis estudios universitarios, de
filología, en 1977, el año de las primeras elecciones generales tras la muerte
de Franco. Los terminé en 1982, el año de la primera victoria electoral
socialista. Llevo, por tanto, el adn
más puro del apasionante período de nuestra historia contemporánea que dimos en
llamar la Transición,
y, como todos los hombres y mujeres de mi generación, accedí a los primeros
atisbos de la revolución tecnológica en ciernes mediando los ochenta del pasado
siglo. Puedo, incluso, aportar una coincidencia curiosa: me senté por primera
vez ante un ordenador ―un Data General Dasher One, dotado de un procesador 8086
y un monitor de fósforo verde que trituraba la vista― en 1985, el mismo año en
que Apple instalaba en su impresora Laser Writer el descriptor de página
PostScript, que interpretaba como una
imagen un texto y que, en consecuencia, definía
la filosofía wysiwyg (What
you see is what you get): acababa de nacer la autoedición. Cinco años más
tarde, un investigador del cern de
Ginebra, Tim Berners Lee, formulaba, diseñaba y ejecutaba la tecnología para una
intercomunicación fluida de texto, imágenes y objetos multimedia entre todos
los ordenadores del planeta: acababa de nacer la World Wide Web. En otro
lugar (Juan L. Blanco Valdés: Manual
de edición técnica. Del original al libro, Madrid: Pirámide, 2012, pp.
20-22), me he referido con mayor incisión a la conjunción de estos dos hechos
―autoedición e Internet― y sus consecuencias en la evolución posterior de la
edición. Me interesa retener ahora solo un pensamiento al respecto: tenía 25
años cuando me senté ante aquel viejo Data General ―al que cariñosamente
llamábamos la castaña―; tengo 52
(bueno, solo son cifras que han cambiado de orden…) ahora que tecleo estas
líneas en mi portátil inalámbrico de última generación, dispositivo que convive
en mi hogar con otros cachivaches como teléfonos móviles y tablets con sistema Android y e-readers. Curiosamente, el monitor
de mi portátil ―un bastidor que rodea la superficie escriptoria― me recuerda a la pizarra con la que, mediando los años 60, comencé mi periplo
educativo y en la que escribía con un «puntero» llamado pizarrín. Esta comparación,
además de retrotraerme a años de grato recuerdo escolar, se vuelve hoy un
pensamiento alentador: tal vez solo muden las formas y estemos haciendo lo mismo
con medios diferentes desde hace siglos, de manera que la migración digital,
tras tantos años de tradición tipográfica, sea, a fin de cuentas, ordenada y
armónica, aunque sabido es que, en punto
a revoluciones, las que funcionan siempre son cruentas. Allá veremos. De lo
que, echando la vista atrás, no tengo dudas es de que han sido años
apasionantes y todos los que los hemos vivido, máxime si hemos sido más
protagonistas que meros testigos, podemos considerarnos privilegiados. Como se
suele decir, «ya tenemos algo que contar a nuestros nietos».[Fragmento do limiar ao orixinal EL ESPÍRITU DEL ALPINISTA. La edición universitaria revisitada, selección de posts de Fragmentos da Galaxia aparecidos entre 2006 e 2012 e consagrados á edición, que veño de candidatar a un premio. Non digo cal, que dá mala sorte].
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31.8.12
Transicións
Alguén contoume hai pouco que,
nunha cea de empresa, unha vintena de empregados dunha firma tecnolóxica
sentados arredor da mesa estaban absorbidos botoneando cos seus móbiles, talvez
mesmo guasapeando co tipo de en fronte, sen que ninguén falase con ninguén (se
por falar entendemos transmitir os
nosos pensamentos facendo uso do aparello fonador co complemento da linguaxe
xestual). Sei de dúas nenas que conviven
baixo o mesmo teito e non falan: comunícanse
por tuenti cada unha dende a súa alcoba. Todos experimentamos o pudor de
atoparnos realmente con amigos de Facebook
e non saber que dicir. Unha tableta é
unha cousa negra, lisa e fría como o basalto e non doce, branda e derretible
como o chocolate. Quen lembra xa a ilusión de esperar o revelado das fotos tras
as vacacións? Aínda sometido á voráxine da vida moderna e afeito a unha
efervescencia tecnolóxica permanente, non podo —nin quero— esquecer que, aló
polo paleolítico, comecei o meu periplo escolar no Grupo Escolar José Antonio
cunha pizarra, un pizarrín, a enciclopedia Álvarez e os cadernos Rubio (mi mamá me ama, yo amo a mi mamá). Esa
lembranza axúdame a ponderar con sensatez que hoxe, corenta anos despois, tire
unha foto cun smartphone de última xeración e, en tempo real, a instantánea
dixital se aloxe na carpeta de cargas de cámara do meu dropbox na «nube», de
xeito que podo dispoñer dela dende calquera recuncho do planeta. Unha magnífica
novela que lin hai tempo (El rumor sordo de
la batalla, de Antonio Scurati) ilustra cómo a transición entre a Idade
Media e o Humanismo veu marcada, en non pouca medida, pola paulatina
substitución da espada polo arcabuz, da lanza polo mosquete, pois a fin dun
xeito de facer a guerra era, paralelamente, a fin dun xeito de vivir a vida.
Cando hoxe contemplo os tres mil volumes da biblioteca do avó, herdo dun empeño
familiar ininterrupto, sinto a nostalxia dun mundo que marcha, engulido por un
tsunami tecnolóxico imparable: podería acubillar no meu eReader o dobre desa
cantidade de libros. Pero é unha melancolía, digamos, construtiva. Dende hai
anos, convivimos con nativos dixitais que non perden o tempo en romanticismos
de gardarroupa e nos sinalan nidiamente o camiño. Xa hai máis de cen anos,
cantaba don Hilarión «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad». Porque,
malia a vaidade de cada época, nunca hai nada enteiramente novo.
17.8.12
El toro
Un diestro brindando ao respectable unha
verónica cunha ikurriña por capote compón unha imaxe digna de ingresar no rico
imaxinario do surrealismo patrio, que, dende os caprichos de Goya ao can
andaluz de Buñuel, define con bizarro estremecemento moitas das obsesións,
medos e tabús desta vella pel de touro. Agora que os excesos nacionalistas
destilan escrúpulos insalvables acerca do financiamento dun mastodonte
administrativo perfectamente prescindible ―resulta que, por exemplo, a Rioxa, cunha poboación
pouco superior á cidade de Vigo, ten un parlamento autonómico―, a «fiesta nacional» adquire
unha dimensión, ao meu modo de ver, moito menos criticable pola crueldade
exercida coa nobre e fera res ca polo feito, simplemente intolerable para o pensamento
nacionalista, de que as corridas constitúan un elemento paranacional que non
respecta as lindes entre Aragón e Cataluña ou Burgos e San Sebastián. Resulta
dunha hipocresía dificilmente defendible apelar á crueldade física da lidia nun
país onde se ten elevado á norma colectiva de conduta a bestialidade no trato
cos animais. No noso paraíso rural, tan caro aos entusiastas, é acostumado que
un desafortunado can morra atado á cadea á que o uniron de por vida sendo un
cachorro. Non é isto crueldade? Nunca me gustaron os touros pero entendo que
todo e cuestión de sensibilidades. Persoalmente, sempre deplorei ter convertido
en espectáculo o terror de cabalos e poldros vítimas dunha agresividade máis
machista ca viril nos «curros» e rapas do país, dos que tanta xente sente
orgullo. Os encerros e carreiras do San Fermín, onde o espanto da res brava que
foxe enlouquecida é da mesma intensidade que a chulería insensata do
antropomorfo que a excita, testemuñan unha dinámica, atávica e irracional, na
que o combate coa besta supura un ritual de sangue gratuitamente derramada. Como
as «Hazañas Bélicas» de Boixcar ou as novelas de Lafuente Estefanía, os touros representan
para unha colectividade de persoas que os perciben con gusto un elemento de identidade
e cohesión e non, malia Bildu, de afastamento. Porque, tal e como a ikurriña
convertida en capote ilustra de xeito case onírico, non existe baixo os ceos do
mundo nada tan discutible, subxectivo, mestizo, contraditorio e indomable como
o propio concepto de «cultura». Algo así como dependurar nun dos «toros» de
Osborne que flanquean as estradas do país un pano branco cruzado en diagonal por
unha banda azul.
21.7.12
Un clamor
Son un cidadán medio deste país, nin
rico nin pobre, nin alto nin baixo, nin máis listo ou preparado ca unha inmensa
maioría da xente da miña quinta. Represento a xeración que serviu de ponte
entre a ditadura e o sistema democrático, pois comecei os meus estudos
universitarios no ano das primeiras eleccións libres, 1977, e os rematei cando
a primeira vitoria socialista, 1982; un
espécime co adn puro do que demos
en chamar a Transición, anos engaiolantes dos que, como cidadán, como galego e
como español, sinto xusto orgullo, pois contribuín, como tantos cidadáns, a
construír a realidade contemporánea que chamamos España, un espazo común de
convivencia no que, tras séculos de vitriólicas xenreiras, o óleo goiesco dos
dous tipos, fundidos na lama ata os xeonllos pero, aínda así, a trancazo limpo,
representa pouco mais ca unha imaxe tópica. Mediando a década dos 80 comecei a
establecer vínculos laborais, febles e provisorios ao principio, coa mesma alma mater onde me fixen universitario e
na que, ao cabo, veño desenvolvendo o meu labor de editor pronto fará
vintecinco anos. Véndoa en perspectiva, a miña singradura permíteme dar fe dun
sector que coñezo ben, o da edición na universidade pública, cunha evolución en
termos de crecemento, profesionalización, rigor e compromiso que non dubido en
cualificar de modélica. Sinto que vivo nun país no que, se isto foi posible,
foi non só polos esforzos do sector senón pola sintonía dunha sociedade aberta,
construtiva e sensible, algo que estou certo pode ser directamente aplicado a
moitos outros segmentos da actividade socioeconómica española. Pero opino tamén
que, consonte unha sociedade civil que proviña da liga de modestos veu
consolidando o seu posto na primeira división, un tumor, arteiro, réptil, foi
igualmente espallándose pola súa epiderme, pudrindo órganos e corrompendo
humores. Corsarios obsesos do diñeiro, indocumentados ambiciosos, inmorais oportunistas
e getas provistos dun discurso con catro tópicos mal fiados son a punta do
iceberg. O fondo somerxido é unha clase política incapaz, dende hai moitos
anos, de reflectir a calidade dos cidadáns que profesan gobernar, zarrapechada
nunha turris eburnea cunha única
pretensión: sobrevivir ás proximas eleccións. E mentres, dende o único lado da
barreira que eu coñezo —traballar e confiar na utilidade do meu traballo—
percibo, con intensidade cada vez máis perigosa, que o atropelo ao que se
somete todos os días a miña dignidade é, xa, un clamor. 12.7.12
O código clandestino
Vou falar do códice. Non porque
toque, pois me resulta un asunto carente de todo interese, senón movido por un
exercicio de autocorrección sincera. Se Bill Gates afirmou a mediados dos 80 que
640 Kbytes deberan ser abondo para calquera e aí o teñen, asquerosamente
millonario, non vou eu temer ingresar na confraría dos pensadores estúpidos. O
noso códice é algo moi «de
aquí», como os chocolates Raposo, os sampancracios da cerería do Villar
ou oír á dependenta dunha tenda da Algalia «ay, neniño, yo esto no te lo trabajo». Non é que o códice sexa
―contra o que a nosa habitual pailanez nos quere facer crer― unha obra impresionante
da arte amanuense, pois, a dicir verdade, do punto de vista temático é, na súa
maior parte, un auténtico tostón litúrxico e, do punto de vista artístico, está
lonxe das verdadeiras xoias miniadas medievais. Home, que é unico, pois si, tan
único como calquera outro códice manuscrito anterior á arte mecánica da
imprenta. Pero, en fin, é o noso códice e, como a todo herdo do pasado, os anos
vano enchendo de nobreza e sublimidade. Pois ben, é o caso que hai agora un
ano, co conto do arroubo, este crocodilo chorón atribuía na columna de certo
xornal, con lirismo de enamorado, unha paradoxal ledicia ao vello mamotreto,
que a mans do gatuno fuxía por fin de séculos de tutela clerical: «El
non se sentirá afortunado de vivir, tras centos de anos de mortal aburrimento,
novas experiencias, contento de coñecer novos ambientes, de oír algo máis ca o
roer da couza e voces diferentes das estatuarias salmodias dos curas, de
respirar algo máis ca o arrecendo penetrante do incenso? Os libros deciden o
seu destino, vontade contra a que se estrelan todos os intentos humanos de
mudalo. Como o anel maldito da Terra Media, acaso o Codex, despois de tantos
séculos, quixo desprenderse da crisálida e voar por conta propia. Cando dentro
de mil anos, o propietario que entón o posúa conte a súa historia, de certo que
o roubo de 2011 ha de ser un episodio interesante». Cando vin no televexo que o vello volumen obraba, envolto en bolsas de
mercadona, nun «jaraje» amiense, xustísimo espécime
do máis siniestro feísmo do país, arrodeado de plaquetas, po de cemento e vil ferralla,
sufrín unha conmoción e a punzada penetrante do pudor: como puiden ser tan
inxenuo? Ao día seguinte, un pícaro veciño meu díxome entusiasmado: «¡Juan, ya encontraron el
código clandestino!».
E é que vexo moitas películas.
5.7.12
Mata, mata!
Nun verán especialmente caloroso que abrasaba as colleitas,
a cidade de Roma morría coa fame. O comandante da frota imperial, aportada en
Alexandría, preguntou ao césar, por medio dos correos, qué xénero cargaba nas
galeras, se gran de pantrigo ou area para o circo. O emperador non o dubidou e
a frota transportou toneladas da area da máis fina de Nubia, unha area que
disque enchoupaba especialmente ben o sangue, que, de homes e bestas, manaba en
abundante efusión durante os xogos. O ser humano leva decenas de miles de anos
reiterando comportamentos e actitudes, que, consonte as modas e usos de cada
época, remiten sempre á nosa cerna irracional, imperfecta, contraditoria. Xa
aprete a fame ou a prima de risco; xa preocupe a invasión dos xermanos ou a petulancia
de frau Merkel; xa escandalicen os fastos de Nerón ou as viaxes de Dívar, todo
pode zarrapecharse nun saudable stand-by
mentres damos renda solta ao instinto primixenio: Mata! mata! bramaba aos gladiadores o populacho do Coloseo. Hoxe, é
a caixa tonta a vítima inocente de toda sorte de execracións: «Gilipollas!», bérralle enardecido un honrado dentista a Ronaldo;
«puto inútil!», un avogado de éxito a Arbeloa canda perde un balón; «fillo
dunha cadela!», unha funcionaria do catastro a Buffon cando atrapa o esférico. Imaxino
que Séneca, capaz das máis excelsas reflexións sobre a vida, babeaba co gusto
vendo como unha leona papaba un cristián igual que, dous mil anos máis tarde,
«es don Pancracio Sabino, un señor la mar de fino, pero el domingo en la grada
es un tigre de bengala». Berrei emocionado cos meus fillos e amigos cando lle
empaquetamos catro goles como catro soles a Italia, e compartín a ledicia do país, pois, entre
outras razóns, os frikis incapaces de facer o que fai a maioría só polo gusto
de tocar a paletilla sempre me produciron hipercloridria. Pero nin a
irracionalidade basal nin o medo a parecer un vello lobo, solitario e
cascarrabias, son quen de reprimir certos escrúpulos: que sexan once tíos
arreándolle a unha pelota os directos responsables de ter sublimado (entendo
que puntualmente) a vergonza colectiva da nosa propia bandeira é algo que, no
fondo, debera ser motivo de reflexión para unha sociedade civil. Por outra
banda, sempre estimei como trazo fundamental dos heroes a súa xenerosidade e sublime
desprendemento. A heroicidade da roja
ten tarifa: 300000 napos por heroe. Esa exemplar nobreza do deporte, que tanto
aplaudimos estes días.
4.7.12
Sobre acceso abierto y edicion
[Participación en un congreso: avance de abstract]
Desde la
emergencia y estandarización de la Internet, y las consecuentes iniciativas
internacionales en materia de acceso abierto al conocimiento (Iniciativa de
Budapest, 2002; Declaración de
Berlín, 2003), los países del primer mundo han ido adaptando a esta nueva
filosofía sus prácticas y acciones en cuanto a la difusión de los resultados de
la investigación científica, que se desarrollan, de un modo muy especial, en
sus universidades y centros públicos. En el caso concreto de España, el
preámbulo de la Ley 14/2011 de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación,
enfatiza «el compromiso con la difusión universal del
conocimiento, mediante el posicionamiento a favor de las políticas de acceso
abierto a la información científica», declaración de carácter genérico que se
hace eco del desarrollo exponencial que los repositorios de contenidos
digitales de las universidades españolas han conocido en los últimos años,
hasta el punto de que en algunos ránkings internacionales
tres repositorios españoles aparecen entre los 35 primeros del mundo (UAB Dipòsit Digital de Documents; UPC Commons; Digital CSIC). El papel de los editores
universitarios, en cuanto productores de contenidos científicos y
responsables de transferir buena parte del conocimiento generado en sus
universidades, es, por lo tanto, clave en el desarrollo de los repositorios,
pues entre sus estrategias está traducir las potencialidades de Internet y al
acceso abierto en términos de impacto, visibilización y calidad. Pero la propia
naturaleza de la actividad editorial (protección de derechos patrimoniales
derivados de la propiedad intelectual y búsqueda legítima de un retorno
económico de la inversión en producción) impone limitaciones, o cuando menos
ineludibles matices, a la difusión en acceso abierto.
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30.6.12
Palabras de gratitude
[Texto completo do discurso de agradecemento á concesión da Insignia de Ouro da Asociación de Fillos e Amigos da Estrada. No Recreo Cultural da Estrada, a noite do 22 de San Xoán de 2012]
Atribúen ao actor
británico Richard Burton, que viviu nunca vintena de países, o pensamento de
que un é de onde ten os libros. Eu os
libros, centos de eles, herdados en boa parte do avó e en boa parte do meu pai,
téñoos agora nunha biblioteca que mira, dende os cómaros de Brión, o fermoso
val da Amaía, coa torres do Obradoiro e a Berenguela ao fondo, pechando o
cadro. Pero, malia os libros e o fermoso pensamento do grande actor británico,
eu son da Estrada, nacín nesta prezada vila, na rúa Serafín Pazo, barrio de
Bedelle, e alí remiten as lembranzas douradas da nenez, pois como dixo Søren Kierkegaard somos a nosa infancia. O
ultramarinos de Sofía; as correrías e xogos na veciña alameda; as visitas á
alcaldía para pedirlle cartos a papá; o cine, que curiosamente sempre se chamou
Teatro Principal malia que só había un, e no que irmáns e curmáns entrabamos de
gratís, pois o tío Mundo era o xerente; o carro de cabalos que todos os días
viamos pasar para o matadoiro; o tíovivo que polas festas se instalaba nun
solar a carón da casa dos Carballeda e no que había un caballito chamado
Mustang que era o meu preferido; as pelis da infantil ―Maciste, el enmascarado
de Plata con aquelas dobraxes mexicanas irrepetibles― e as bolsas de pipas La Pilarica (Qué rica la Pilarica, repita) e Facundo
(Y dijo el toro al morir: siento dejar
este mundo sin probar pipas Facundo). A miña nenez, que foi unha nenez de
Enciclopedia Álvarez, leite en pó, la canción del Cola-Cao, o grupo Escolar
José Antonio e os veráns no campamento Paco Leis que a OJE tiña na praia das
Sinas, foi unha nenez feliz, malia que, como dixen nun poema moitos anos despois,
ata o universo era escaso naqueles tempos. Emporiso, quen de neno ten afecto
teno todo. Coubéronme en sorte un pai e unha nai que, a falta tal vez doutros
bens máis prosaicos e materiais, me legaron o mellor dos herdos: a universal e
perenne lección da honestidade, da integridade e da coherencia, valores que,
por certo, hoxe resulta ben difícil transmitir. Pero, en fin, todo muda ao son
dos tempos e de pouco vale acubillármonos en saudades superfluas e improdutivas
melancolías que a nada conducen. O mellor aproveitamento que podemos tirar do
pasado é a súa proxección no futuro, algo que, ao meu entender, practica moi
ben a nosa Asociación de Fillos e Amigos da Estrada, que todos os anos, nestes
días limiares do verán e veciños da festa do neno mártir Pelaio, colleita os
froitos de ricas sementeiras e as ofrece como homenaxe de futuro a unha vila
puxante e pródiga en figuras senlleiras nos eidos máis diversos: a cultura, a
ciencia e a investigación, a actividade política e empresarial, o altruismo, o
deporte, as artes… Nesta selecta nómina de figuras a quen a Asociación leva
galardoadas co seu recoñecemento anual, eu atópome, segundo adoita dicirse,
como un polbo nun garaxe, pois sinto sinceramente que a xenerosidade desta distinción
está en proporción inversa aos meus pobres e escasos méritos. Se acaso algún
teño, ese mérito é o do traballo constante, o da convición e o do entusiasmo,
receitas, por certo, ben recomendables para escuros tempos de crise. Pablo Ruiz
Picasso dixo nunha entrevista que a el as musas sempre o pillaban traballando. Mutatis mutandis, eu non coñezo outras
musas que o esforzo, o compromiso, o afán de superación, o traballo en equipo,
o recoñecemento e estímulo aos méritos e capacidades dos demais, e, ao cabo, o
empeño en facer as cousas ben sen agardar máis recompensa nin ouropel que a
satisfacción do labor ben feito. Se credes que isto é merecente do galardón que
hoxe me entregades, douno por ben recibido.
Agradezo á Asociación de Fillos e Amigos da Estrada, e moi
especialmente ao seu presidente don Alfonso Varela ―membro esgrevio dunha
familia moi querida pola miña―, terme incluído na selecta nómina de fillos
predilectos desta miña prezada vila. Ao profesor Manuel Sanmartín, amigo,
colaborador en tantas batallas e paisano, o seu padrinado neste acto.
Dúas palabras finais. Disque detrás dun grande home sempre hai unha
gran muller. Permitídeme que altere esa sentenza, no fondo bastante machista.
No meu caso, si hai unha gran muller, pero non detrás senón ao lado, mesmo
moitas veces diante, e o home é máis
ben normaliño. A Sonia, a miña dona, a miña compañeira de singradura, a nai dos
meus fillos, débolle tanto que supoño que o día menos pensado terá que
rescatarme, como aos mercados financeiros. Finalmente, quero expresar o meu desexo
de que esta distinción honre por sempre a dúas persoas, a quen lles debo, non
moito, senón todo: Carmen Valdés e Mario Blanco. Boas noites e moitas grazas.
20.6.12
Krísis (en grego 'elección')
O chiste, clásico, é do grandísimo
Gila: «―Niño, ¿tú
cuantos años tienes? ―Diez.
―Pues yo a tus años
ya tenía once».
Cantas máis velas, en efecto, engadimos á tarta, máis imos cedendo á perigosa
sedución de «Eu,
aos teus anos…»,
argumento que simboliza unha relación traumática co presente, en virtude da cal
o pasado aparécesenos como unha sorte de Arcadia feliz na que reinaba a
harmonía e os carballos secretaban docísimo mel. Eu creo, polo demais, que é
consubstancial á nosa condición humana crermos que os tempos que nos toca vivir
son sempre os da apocalipse final e que nunca o mundo coñeceu tanta falsidade,
egoísmo, crueldade, depravación, envexa, frivolidade e estupidez. No canto de ler tanta tontería
envolta niso que chaman novidades,
permítome recomendar ao benévolo lector unha novela clásica, Sinuhé o Exipcio, na que o finés Mika
Waltari demostra, con mestría de espadista, que non hai nada novo baixo o sol e
que ata os extremos máis rigorosos da vesania están xa inventados. Baixo este
prisma, intento todos os días relativizar as consecuencias da profunda crise dos nosos días. Vale que
cada momento ten as súas condicións peculiares e que de pouco serve alimentarse
patoloxicamente do pasado, pero levar ao extremo este criterio sería tanto como
negar as proveitosas leccións da nosa propia experiencia. Un exemplo. Cóntanme
que un grupo de alumnos universitarios están pechados en certa facultade pois
reclaman que a súa biblioteca abra toda a noite. Polo visto, se lles explicou
que os custos de mantemento e persoal que esa ampliación de horario supoñería é
inasumible na actual situación de carestía de recursos. Penso: a) se non pode
ser, non pode ser. Que estuden na casa ou dentro dunha banda horaria razoable,
pero b) estes mozos pertencen a unha xeración cunha nula tolerancia ás
negativas. De xeito tal, infiro: a) na miña mocidade, reclamacións sociais,
políticas e ideolóxicas de moito máis calado (e non a pataleta duns
consentidos) se arranxaban en media hora cunha dotación dos «grises», pero b) ¿non é certo
que en todo tempo a mocidade é a idade da rebeldía, e que, mutatis mutandis, é o máis natural que os mozos manifesten a súa
inadaptación? Sinto, ao cabo, que só teño dúbidas nesta época de incertezas e
agoiros. Chego a intuír en cada rescate financeiro un moderno tratado de
Versalles, que rematará por alentar algún mesías de gardarroupía a salvar a
patria. Porque se algo sobra na historia son crises e caudillos.
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