8.5.06

La alambrada


Porque vivimos a golpes. Porque apenas sí nos dejan decir que somos quien somos.
Curramos como autómatas cinco días y consumimos dos. Viajar es una actividad empaquetada en celofán. La ilusión de los cumpleaños —¡ay aquellos cumpleaños de chocolate con churros y unos globos de regalo!— apesta a recinto automatizado donde los niños se facturan con una anilla compartiendo su mísero atisbo de excitación con cuatro o cinco niños más. Los libros no duran, las películas se olvidan. Debemos preguntar al ordenador del vídeoclub si ya la hemos visto porque somos incapaces de recordar nada. Nos asombramos cuando la máquina sentencia implacable que la hemos visto hace un mes y medio. Nada dura. Los libros mueren engullidos por ejércitos de otros libros. Estamos tan sobresaturados de información que optamos por la ignorancia o por la lejanía. Compramos dos periódicos y salimos con la biblioteca de Alejandría bajo el brazo. No hay manera de procesar tanta letra, tanto ruido, tanta música, tantos nombres, tantos signos, tantos signos de signos. La galaxia Gutenberg se ha desmadrado, ha milloniplicado sus límites. No nos formamos. Nos informamos. No adquirimos conocimiento. Adquirimos información. Como disponemos de tanta, no ocupa espacio, es la mejor solución: la tele no ocupa espacio; internet no ocupa espacio. La tele. Internet: la monarquía bicéfala.
Celebramos foros internacionales contra el racismo y nos gastamos un pastón en comprar un pastor alemán con pedigrí. Presumimos de la pureza del animal y encontramos muy razonable que cueste mucho más que un palleiro. El puto perro se ha convertido, como las vacaciones, como el coche, en un signo de prestigio y atractivo social.
Nos duele la espalda, nos duele todo el cuerpo. Vivimos sentados: en el despacho, en el coche, en el avión, en el cine, ante el ordenador de casa, ante el portátil, ante la tele. Vamos al gimnasio, después al fisioterapeuta, un par de días a un balneario. Luchamos contra el cansancio, la depresión, las arrugas, el estrés, la angustia, el colesterol, la gordura, el olor corporal, la ansiedad, la pobreza y los signos de la pobreza. Nuevos y patéticos Faustos, queremos que la tecnología y/o la ciencia eviten lo inevitable. Escapamos del infortunio como de la peste, musitando mentalmente el deseo de que pase de largo y no nos toque a nosotros.
Vivimos a hostias con la vida en vez de reconciliarnos con ella. Nuestro enemigo es el tiempo que nadie para, pero deseamos permanentemente que pase: que llegue pronto el verano, que llegue pronto el fin de semana. Nuestra vida está hecha de paréntesis.
Queremos consolarnos con las pequeñas cosas, pero las pequeñas cosas podrían ser una pequeña herencia, un pequeño yate, un pequeño BMW, un pequeño viaje a las Fidji… Huímos hacia delante. Los años van pasando y no adquirimos más sabiduría. Esperamos a Godot. Queremos salir del barril y no nos llega con que el sol nos caliente.
Vivimos dentro de la alambrada. Más allá de su perímetro se extiende Utopía, el cielo sin fondo donde respira sólo aquel que quiere.

3 comentarios:

Isidoro Castaño dijo...

Por las celdillas que tejen los alambres se ve el mirlo, la azucena, la mariposa, la gota de agua... el infinito.

sonia dijo...

Gracias a TI puedo ver el mar más allá de nuestra alambrada.

Anónimo dijo...

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